Juicio y sentimiento

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CAPÍTULO XLVII

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La señora Dashwood no oyó sin inmutarse la vindicación de su antiguo favorito. Se alegró de poder eximirle de cierta parte de las acusaciones imputadas; se apiadó de él; le deseó felicidad. Nada iba a poder restituirle ante Marianne con una fe inquebrantable, una reputación sin tacha. Nada iba a poder empañar la certeza de que ésta había sufrido por su causa, ni limpiar la culpa de su conducta con Eliza. Nada iba a poder, en fin, devolverle el lugar que ocupaba en su antigua consideración, ni de ningún modo perjudicar los intereses del coronel Brandon.

Si la señora Dashwood hubiera oído, como Elinor, la historia de Willoughby de sus propios labios, si hubiera sido testigo de su desolación, y conocido el influjo de sus gestos y su semblante, es probable que hubiese sentido mucha más compasión. Pero no estaba en manos de Elinor, ni era su deseo, despertar en otros, con su relato, los sentimientos que había visto agitarse en su propio seno. La reflexión había infundido serenidad a su juicio, y atenuado su concepto de lo que Willoughby se merecía; por ello sólo quería decir la verdad pura y simple, y exponer los hechos según su auténtica naturaleza, sin ningún adorno sentimental que pudiera hacer volar la fantasía.


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