Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Ni una palabra se oyó. Todas aguardaron en silencio la entrada del visitante. Se oyeron sus pasos avanzando por el caminito de grava; un momento después, estaba ya en el pasillo; y en otro, lo tuvieron frente a frente.
Al entrar, su semblante no les reveló, ni siquiera a Elinor, un exceso de felicidad. Estaba blanco, por la agitación, y parecía temeroso del modo en que iba a ser recibido, como si supiera que no merecía serlo bien. Sin embargo, la señora Dashwood, de acuerdo, o eso esperaba, con los deseos de su hija, por quien entonces pretendía muy sinceramente ser guiada en todo, le recibió con una forzada expresión de alegría, le dio la mano y le felicitó.
Edward enrojeció, y tartamudeó una respuesta ininteligible. Elinor se había unido a las salutaciones de su madre y, una vez concluido el momento de los gestos, pensó que ojalá también le hubiera estrechado la mano. Pero ya era demasiado tarde y, con una expresión que pretendía ser desenvuelta, tomó de nuevo asiento y se puso a hablar del tiempo.
Marianne se había colocado en la mejor posición para no ser vista, a fin de ocultar su amargura; y Margaret, que entendía una parte pero no la totalidad del asunto, pensó que le correspondía un lugar del máximo decoro, y a este efecto eligió la silla más alejada de Edward que pudo, y guardó un estricto silencio.