Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento No es, sin embargo, realmente necesario referir aquí con qué prontitud llegó Edward a la resolución apropiada, con qué rapidez se le presentó la ocasión de ponerla en práctica, de qué modo se expresó, y de qué modo fue recibido. Baste con decir lo siguiente: que cuando se reunieron todos a la mesa a las cuatro en punto, unas tres horas después de su llegada, tenía ya el sí de su amada, el consentimiento de la madre de ésta, y era, no sólo en las palabras extasiadas de un enamorado, sino también en la realidad de la razón y la verdad, el más feliz de los hombres. Se hallaba en un estado de júbilo, ciertamente, más que inaudito. Algo más que una victoria vulgar del amor correspondido henchía su pecho, elevaba su espíritu. Se había liberado, sin nada que reprocharse a sí mismo, de los lazos que le ataban, y que habían sido causa de su prolongada desgracia, a una mujer que hacía ya tiempo que había dejado de amar; y a la vez se había visto proyectado a una firme alianza con otra en la que probablemente había pensado casi con desesperación no bien había empezado a considerarla con deseo. Había pasado no de la duda o de la incertidumbre, sino de la desgracia a la felicidad; y el cambio se expresó abiertamente, con un entusiasmo genuino, fluido, alborozado, como nunca sus amigas habían visto en él.