Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento —No creo —dijo la señora Dashwood con una sonrisa bienintencionada— que el señor Willoughby se vea importunado por los intentos de ninguna de mis hijas por lo que usted llama cazarle. No es una actividad para la que hayan sido educadas. Los hombres están muy a salvo entre nosotras, por muy ricos que sean. Estoy contenta, sin embargo, de saber, por lo que usted dice, que es un joven respetable, y una persona con la que nos sea posible tener trato.
—De lo mejor, señora, en mi opinión —repitió sir John—. Recuerdo un pequeño baile que celebramos en la finca las navidades pasadas: bailó de las ocho hasta las cuatro, sin sentarse una sola vez.
—¿Eso hizo, de veras? —exclamó Marianne, con chispas en los ojos—. ¿Y con elegancia, con espÃritu?
—SÃ; y a las ocho ya estaba levantado para cabalgar por el soto.
—Asà me gusta; asà es como un joven debe ser. Sean cuales sean sus intereses, su tenacidad en ellos no debe conocer la moderación, y no dejarle con sensación de cansancio.
—SÃ, sÃ, ya veo lo que va a ocurrir —dijo sir John—, ya lo veo. Ahora le pondrá usted el ojo encima, y nunca más volverá a pensar en el pobre Brandon.