Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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La señorita Dashwood tenía un cutis delicado, facciones regulares y una figura considerablemente bonita. Marianne era aún más guapa. Su tipo, aunque no tan correcto como el de su hermana, contando con la ventaja de la altura, resultaba más llamativo; y su rostro era tan hermoso que, cuando en la jerga común de los requiebros se decía que era una beldad, la verdad salía menos violentamente ultrajada de lo que es habitual. Tenía la piel muy morena, pero el cutis, por su transparencia, extraordinariamente luminoso; sus facciones eran correctas; su sonrisa, dulce y atractiva, y en sus ojos, muy oscuros, había una vida, un aliento, una inquietud que difícilmente podían contemplarse con desagrado. La expresión de éstos se contuvo al principio delante de Willoughby, a causa del embarazo que sentía ante el recuerdo de su auxilio. Pero cuando el recuerdo pasó al olvido, cuando recobró las fuerzas, cuando vio que a la perfecta crianza del caballero se sumaban la franqueza y la desenvoltura, y sobre todo cuando le oyó declarar que era un apasionado de la música y el baile, le dirigió una mirada de aprobación que prometía que no les faltarían, mientras durase la visita, temas de conversación.





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