Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Elinor no podía extrañarse de este mutuo apego. Sólo que habría preferido que se mostrara menos en público; y una vez o dos se atrevió a sugerir a Marianne la conveniencia de un poco de control sobre sí misma. Pero Marianne abominaba de todo disimulo cuando la falta de discreción no podía acarrear ningún verdadero mal; y aspirar a reprimir sentimientos que no fueran en sí mismos vituperables se le antojaba no sólo un esfuerzo innecesario, sino un sometimiento vergonzoso de la razón a nociones vulgares y erróneas. Willoughby pensaba lo mismo; y el comportamiento de ambos era, en todo momento, una ilustración de sus opiniones.

Cuando él estaba presente, ella no tenía ojos para nadie. Todo lo que él hacía estaba bien. Todo lo que él decía era inteligente. Si sus veladas en la finca concluían jugando a las cartas, él hacía trampas al resto del grupo y en su propio perjuicio con tal de que ella tuviera una buena baza. Si el baile constituía la diversión de la noche, eran pareja la mitad de las veces; y cuando se veían obligados a separarse durante un par de bailes, se cuidaban de estar de pie uno al lado del otro sin dirigir apenas la palabra a nadie. Este comportamiento los convirtió naturalmente en blanco de todas las risas; pero el ridículo no conseguía avergonzarlos, y rara vez parecía provocar su irritación.


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