La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Catherine no tuvo tiempo ni ganas de responder. Alejóse la pareja, John Thorpe seguía estando a la vista y ella se veía perdida. A fin de que no pareciese que lo observaba o esperaba, Catherine mantenía los ojos clavados en su abanico. Cuando acababa de censurarse a sí misma por el desatino de suponer que en medio de aquella multitud pudiesen encontrarse siquiera con los Tilney sin tener que esperar horas, oyó que se dirigían a ella y que el propio señor Tilney la invitaba también a bailar. Puede imaginarse fácilmente cómo le centelleaban los ojos, la rapidez de movimientos con que aceptó la petición y las agradables palpitaciones con que siguió a Tilney hacia el grupo de baile. ¡Librarse por tan poco —pues eso creía ella— de John Thorpe, y que nada más acercarse el señor Tilney le pidiera un baile! ¡Era como si la hubiera estado buscando! Era imposible que la vida pudiese brindar mayor dicha.
Sin embargo, apenas se habían abierto paso entre el gentío para bailar a sus anchas, cuando John Thorpe, que estaba detrás de Catherine, reclamó su atención.
—¡Vaya, vaya, señorita Morland! ¿Qué significa esto? Creí que usted y yo íbamos a bailar juntos.
—Me sorprende que piense eso, porque no me lo había pedido.