La Abadía de Northanger

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—En cierto modo hay, sin duda, una diferencia. En el matrimonio el hombre debe proporcionar el sustento a la mujer y ella hacer el hogar agradable al hombre; él provee y ella sonríe. Pero en el baile sus deberes se truecan por completo: lo agradable, la aceptación, se espera de él, mientras ella proporciona el abanico y el agua de lavanda. Ésa, supongo, es la diferencia de deberes que le sorprende y le impide comparar las condiciones que rigen en ambos.

—No, la verdad es que eso no se me había ocurrido.

—Entonces, estoy perplejo del todo. Sin embargo, debo señalar una cosa. Esta disposición suya me resulta bastante alarmante. Puesto que usted rechaza de plano toda similitud en las obligaciones, ¿no podría yo inferir que sus ideas sobre las obligaciones del baile no son tan estrictas como su pareja podría desear? ¿No tengo razones para temer que si el caballero que acaba de hablar con usted regresase ahora, o si cualquier otro caballero se dirigiese a usted, nada le impediría conversar con él cuanto quisiese?

—El señor Thorpe es tan amigo de mi hermano que, si se dirige a mí, tengo que contestarle; pero aparte de él, no creo que haya tres jóvenes en esta sala a los que conozca.

—¿Y ésa debe ser mi única seguridad? ¡Pues mal andamos!


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