La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —No puedo ir —explicó bajando la cabeza, temiendo la sonrisa de Isabella—, porque estoy esperando a la señorita Tilney y a su hermano para dar un paseo por el campo. Me prometieron venir a las doce, pero a esa hora estaba lloviendo; sin embargo, como ahora hace tan buen dÃa, creo que estarán aquà pronto.
—¡Ellos no, de eso estoy seguro! —exclamó Thorpe—. Al entrar en Broad Street los he visto. ¿No tienen un faetón con unos estupendos alazanes?
—Pues la verdad, no lo sé.
—SÃ, seguro que es él; lo he visto hace un momento torcer por Lansdown Road, acompañado de una muchacha de aspecto elegante.
—¿De verdad?
—Lo juro por mi alma. Lo reconocà en seguida, y, al parecer, se ha hecho con unos caballos estupendos.
—¡Es muy raro! Pero imagino que habrán pensado que habÃa demasiado barro para dar un paseo.
—Y han hecho muy bien porque no habÃa visto tanto lodo en mi vida. ¡Pasear! Pretender pasear hoy serÃa tanto como querer volar. No ha habido tanto barro en todo el invierno. Le llega a uno a los tobillos en todas partes.
Isabella corroboró esta afirmación.