La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —QueridÃsima Catherine, no te puedes hacer idea de la cantidad de barro que hay. Ven, tenemos que irnos; ya no puedes negarte.
—Me gustarÃa ver el castillo. Pero ¿podremos verlo todo entero? ¿Podremos subir por todas las escaleras y metemos en todas las estancias?
—SÃ, sÃ, y en todos y cada uno de los rincones.
—Pero ¿y si han salido sólo durante una hora hasta que seque un poco y luego acaban viniendo?
—Quédese tranquila, que de eso no hay peligro. He oÃdo a Tilney decirle a gritos a un señor que pasaba a caballo que se marchaban a Wick Rocks.
—Entonces, iré. ¿Le parece a usted que debo ir, señora Allen?
—Haz lo que prefieras, hijita.
—Señora Allen, debe usted convencerla de que venga —gritaron todos al unÃsono. La señora Allen escuchó su petición.
—Bueno, hija mÃa —dijo—, ¿por qué no vas?
En menos de dos minutos se habÃan marchado.