La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Los sentimientos de Catherine cuando subía al carruaje se hallaban en plena zozobra, dividiéndose entre la pena por ver frustrado un proyecto tan prometedor y la esperanza de disfrutar pronto de otro que casi lo era igualmente, por diferente que fuese su naturaleza. No podía pensar que los Tilney se habían comportado demasiado bien con ella al incumplir tan a la ligera su compromiso, sin siquiera enviar una nota pidiendo disculpas. Había transcurrido sólo una hora desde el momento fijado para el comienzo del paseo y, a pesar de lo que había oído respecto a la prodigiosa acumulación de barro en el transcurso de una hora, no podía dejar de pensar, al comprobarlo con sus propios ojos, que podían haber salido de paseo sin demasiadas molestias. Sentirse desairada por ellos era muy doloroso. Pero, por otra parte, la satisfacción de explorar un edificio parecido a Udolpho —pues así se representaba en su fantasía el castillo de Blaize— era una compensación que podía consolarla de casi cualquier cosa.
Bajaron a toda velocidad por Pulteney Street y por Laura Place, sin intercambiar demasiadas palabras. Thorpe hablaba con el caballo y ella meditaba sobre promesas rotas y arcos rotos, faetones y pasadizos secretos, Tilneys y trampillas ocultas. Sin embargo, al entrar en Argyle Buildings fue despertada de sus pensamientos por esta pregunta de su acompañante:
—¿Quién era esa muchacha que la miraba tan fijamente cuando pasábamos?