La Abadía de Northanger

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—¿Quién? ¿Dónde?

—En la acera de la derecha; debe de haberse perdido de vista.

Catherine se volvió y vio a la señorita Tilney cogida del brazo de su hermano, que paseaba despacio calle abajo. Los dos la miraban.

—¡Deténgase, pare, señor Thorpe! —gritó, impaciente—. Es la señorita Tilney; es ella, de verdad. ¿Cómo ha podido decirme que se habían marchado? Deténgase. Me bajo ahora mismo y voy con ellos.

De nada valieron sus súplicas. Thorpe se limitó a hacer trotar más rápido al caballo a base de latigazos, y los Tilney, que pronto dejaron de mirarla, se perdieron de vista al poco rato por la esquina de Laura Place; un momento más tarde el coche irrumpía en la plaza del mercado. Sin embargo, mientras recorrían la siguiente calle en toda su longitud, Catherine siguió suplicándole que se detuviera.

—Por favor, se lo suplico, deténgase, señor Thorpe. No puedo seguir. Tengo que volver con la señorita Tilney.

Thorpe se limitó a reír, hizo restallar el látigo, arreó al caballo, emitió una serie de extraños gruñidos y siguió corriendo. Enfurecida, desairada y sin poder marcharse, Catherine se vio obligada a renunciar a sus pretensiones y claudicar. No escatimó, sin embargo, los reproches.


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