La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —No estés tan abatida, adorable criatura —le susurraba—. Acabarás por romperme el alma. Es increÃblemente lamentable, desde luego, pero la culpa no es más que de los Tilney. ¿Por qué no fueron más puntuales? HabÃa barro, es cierto, pero ¿qué importaba? Seguro que a John y a mà nos hubiera dado igual. A mà nunca me importa meterme por donde sea cuando se trata de una amiga. Yo soy asÃ. Y John es exactamente igual, tiene una firmeza de sentimientos increÃble. ¡Dios santo! ¡Menuda jugada tienes! ¡Reyes! En mi vida me lo habÃa pasado tan bien. Pero prefiero cien veces que los tengas tú.
Dejemos luego a nuestra heroÃna velando en el lecho de dolor, que es el lugar propio de una heroÃna: una almohada erizada de espinas y empapada de lágrimas. ¡Y que se considere afortunada si consigue dormir otra noche en los próximos tres meses!