La Abadía de Northanger

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Pasaron la tarde todos juntos en casa de los Thorpe. Catherine estaba molesta y de mal humor, pero Isabella se entretuvo jugando a las cartas, cuya suerte compartió con Morland, lo cual le pareció un excelente sustituto para el sosiego del aire campestre en una posada de Clifton. Expresó, asimismo, en más de una ocasión, lo satisfecha que estaba de no haber ido a las Lower Rooms.

—¡Cómo compadezco a las pobres criaturas que vayan allí! ¡Cómo me alegro de no hallarme entre ellas! Me pregunto si se habrá llenado el bar. Todavía no han empezado a bailar. No hubiera ido allí por nada del mundo. Es tan delicioso dedicar de vez en cuando una tarde a una misma… Seguro que no resulta un gran baile. Sé que los Mitchell no irán. Os lo juro, compadezco a todos los que han ido. Pero, me parece, señor Morland, que usted se muere de ganas de estar allí, ¿no es así? Estoy segura de ello. Bueno, pues no se prive por ninguno de los que estamos aquí. Nos podemos arreglar muy bien sin usted; ustedes los hombres se creen tan importantes…

Catherine casi se sintió inclinada a acusar a Isabella de mostrarse insensible hacia ella y sus sufrimientos, tan poco espacio parecían ocupar en su mente y tan poco adecuado era el consuelo que le ofrecía.


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