La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Thorpe emitió entonces, como solía hacer a menudo, una retahíla de comentarios ruidosos e incoherentes sobre lo endemoniada y abominable que es la tacañería y sobre el hecho de que si la gente que estaba podrida de dinero no podía permitirse ciertos lujos, no sabía quién podía hacerlo. Catherine no se esforzó siquiera por seguirle. Privada de lo que iba a servir de consuelo a su primera decepción, se sentía cada vez menos dispuesta a mostrarse simpática con su acompañante o encontrarlo agradable. Cuando llegaron a Pulteney Street, no había dicho ni una veintena de palabras.
Al entrar en casa, el criado le dijo que un caballero y una dama habían preguntado por ella a los pocos minutos de que hubiera salido; que, cuando les dijo que se había marchado con el señor Thorpe, la dama preguntó si habían dejado algún recado para ella, y, al decirles él que no, buscó ella una tarjeta, pero no traía ninguna y se marchó. Catherine subió lentamente la escalera dándole vueltas a esta desgarradora noticia. En lo alto fue recibida por el señor Allen quien, al escuchar la razón de su apresurado regreso, dijo:
—Me alegro mucho de que tu hermano haya sido tan sensato; me alegro de que hayáis regresado. Era un plan absurdo y disparatado.