La Abadía de Northanger

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—¡Cómo no voy a conocerle! Poca gente hay en la ciudad que yo no conozca. Siempre me lo encontraba en el Bedford, y hoy, nada más entrar en la sala de billares, reconocí su cara. Es uno de los mejores jugadores que tenemos, dicho sea de paso, y hemos jugado alguna partidilla juntos; aunque la primera vez casi le tenía miedo. Él llevaba cinco puntos contra cuatro míos, y si no hubiera dado yo uno de los golpes más limpios que se hayan dado en el mundo… Acerté a su bola con toda precisión… No sé, no podría explicárselo sin una mesa… Bueno, en fin, le gané. Es un tipo estupendo. Rico como un judío. Me gustaría cenar con él; estoy seguro de que organiza unas cenas estupendas. Pero ¿a que no sabe usted de qué hemos estado hablando? ¡De usted! Sí, por Dios. Y el general dice que es usted la muchacha más linda de Bath.

—¡Oh! ¡Qué bobada! ¿Cómo puede usted decir eso?

—¿Y qué cree que le respondí yo? —añadió bajando la voz—. «Bien dicho, general», le dije, «yo soy de su misma opinión».

En este punto, Catherine, que se sentía mucho menos alabada por su admiración que por la del general Tilney, no lamentó oír que el señor Allen la llamaba. No obstante, Thorpe quiso acompañarla al coche, y hasta que estuvo dentro continuó con el mismo tipo de cumplidos, a pesar de que ella le suplicaba que lo dejara.


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