La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Ante la mirada del lector ha ido discurriendo toda una semana, de lunes a sábado; los acontecimientos de cada dÃa, sus esperanzas y temores, sus dichas y sinsabores han sido reseñados detalladamente, y sólo quedan por descubrir las angustias del domingo para cerrar la semana. El plan de Clifton habÃa sido aplazado, pero no abandonado, y aquella tarde, pasada en el Crescent, volvió a salir a colación. En una consulta privada entre Isabella y James, la primera puso todo su afán en ir, y el segundo, no menos interés en complacerla, asà que se decidió que, siempre y cuando hiciera buen tiempo, la excursión tendrÃa lugar a la mañana siguiente, y que saldrÃan muy temprano para estar en casa a buena hora. Decidido asà el asunto y asegurada la aprobación de Thorpe, sólo quedaba avisar a Catherine, la cual les habÃa abandonado durante algunos minutos para hablar con la señorita Tilney. En aquel lapso de tiempo ultimaron el plan y, tan pronto como regresó, solicitaron su anuencia; pero en lugar de la alegre conformidad que Isabella esperaba, Catherine respondió con un gesto grave: lo sentÃa mucho, pero no podÃa ir. El mismo compromiso que le impedÃa acompañarlos la vez anterior le imposibilitarÃa ir con ellos ahora. Acababa de decidir en aquel momento con la señorita Tilney dar el prometido paseo al dÃa siguiente; estaba decidido definitivamente y no se volverÃa atrás de ningún modo. ¡Pero ella debÃa y tenÃa que revocar tal decisión!, gritaron en seguida apremiándola los dos Thorpe; debÃan ir a Clifton al dÃa siguiente, no irÃan sin ella, no importaba nada aplazar un dÃa más un simple paseo, y no estaban dispuestos a admitir que los rechazara. Catherine se sentÃa desolada, pero no claudicaba.