La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —No me encarezcas más, Isabella. Tengo un compromiso con la señorita Tilney. No puedo ir.
Todo fue en vano. De nuevo se vio asediada con los mismos argumentos: debÃa ir, tenÃa que ir y no iban a aceptar que se negara.
—No te cuesta nada decirle a la señorita Tilney que se te habÃa olvidado un compromiso previo, y sólo tienes que pedirle que retrase el paseo hasta el martes.
¡De ninguna manera! ¡Sà le costarÃa y no podÃa hacerlo! Aquel compromiso previo no existÃa. Sin embargo, Isabella se ponÃa cada vez más insistente; la apremiaba de la manera más afectuosa; se dirigÃa a ella en los términos más encantadores. Estaba segura de que su queridÃsima y simpatiquÃsima Catherine no negarÃa algo tan insignificante a una amiga a la que tanto cariño tenÃa. Estaba segura de que su estimada Catherine tenÃa un corazón tan sensible, un carácter tan bondadoso, que se dejarÃa fácilmente persuadir por sus queridos amigos. Pero todo fue en vano; Catherine estaba convencida de tener razón y, aunque le apenaban aquellas súplicas tan cariñosas y elogiosas, no podÃa permitir que influyeran en ella. Isabella probó entonces otro método. Le reprochó sentir más afecto por la señorita Tilney, a quien conocÃa desde hacÃa muy poco tiempo, que por sus mejores y más antiguos amigos; en suma, de haberse vuelto frÃa e indiferente hacia ella.