La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —De momento, creo que no lograremos oÃrle decir nada más serio, señorita Morland. No desea dar muestras de sensatez. Pero le aseguro que si piensa que ha querido decir algo injusto sobre las mujeres o alguna descortesÃa sobre mÃ, se equivoca usted por completo.
Para Catherine no era difÃcil convencerse de que Henry Tilney no era un malvado. Sus modales podÃan sorprender a veces, pero su intención era siempre buena; y lo que no comprendÃa se hallaba casi tan igualmente dispuesta a admirarlo como lo que comprendÃa. El paseo fue maravilloso de principio a fin, y, aunque terminó demasiado pronto, la conclusión fue también maravillosa; sus amigos la acompañaron a casa y, antes de partir, dirigiéndose con mucho respeto a la señora Allen y a Catherine, la señorita Tilney solicitó tener el placer de contar con su compañÃa para cenar dos dÃas más tarde. Por parte de la señora Allen no surgieron dificultades, y por parte de Catherine, la única consistió en tratar de ocultar su exceso de entusiasmo.