La Abadía de Northanger

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La mañana había discurrido de modo tan encantador que Catherine llegó a desterrar todos sus sentimientos de amistad y afecto fraternal; en todo el paseo no se le ocurrió pensar ni por asomo en Isabella o James. Cuando los Tilney hubieron desaparecido, volvió a ser afable, pero durante algún tiempo lo fue sin resultados positivos; la señora Allen no tenía nada que decir para calmar su inquietud pues no había tenido noticias de ninguno de ellos. Sin embargo, hacia el final de la mañana, viéndose en la necesidad de comprar sin la menor dilación cierta cantidad de cinta, aprovechó el momento para salir a la calle y pasear por la ciudad. Caminando por Bond Street adelantó a una hermana de la señorita Thorpe, que paseaba alegremente camino de los Edgar Buildings entre dos maravillosas muchachas que habían sido sus amigas íntimas durante toda la mañana. De labios de ella supo que la excursión a Clifton había tenido lugar.

—Salieron a las ocho de la mañana —dijo la señorita Anne—, pero te garantizo que no les envidio el paseo. Has hecho muy bien en librarte de ese embrollo. Debe de haber sido lo más aburrido del mundo, porque en esta época del año en Clifton no hay ni un alma. Belle fue con tu hermano y John llevó a María en su calesa.

Catherine manifestó la sincera satisfacción que sentía al escuchar esta parte del plan.


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