La Abadía de Northanger

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XV

Muy temprano al día siguiente, una nota de Isabella llena de ternezas y amabilidades en cada línea, en la que le rogaba su presencia inmediata para hablar de un asunto de suma importancia, hizo apresurarse a Catherine, en un estado mezcla de dicha, confianza y curiosidad, a los Edgar Buildings. Las más jóvenes de las Thorpe se hallaban en el vestíbulo y, al marcharse Anne a llamar a su hermana, Catherine aprovechó la oportunidad para preguntarle a la que quedaba algunos detalles sobre la excursión del día anterior. María no deseaba hablar de otra cosa y Catherine supo que había sido la excursión más maravillosa del mundo; que nadie podía hacerse una idea de lo divina que había sido y que había sido lo más estupendo que se podía concebir. Ésta fue la información que obtuvo durante los cinco primeros minutos; acto seguido detalló un poco más los pormenores: se habían dirigido primero al hotel York, donde tomaron una sopa y encargaron una cena temprana, bajaron a la sala del balneario, probaron las aguas y se gastaron unos chelines en comprar unas bolsas y unos adornos de espato; luego se detuvieron a tomar un helado en una pastelería y regresaron rápidamente al hotel; comieron a toda prisa para que no se les hiciera de noche y después realizaron el maravilloso viaje de vuelta. También es verdad que no había luna, que llovió un poco y que el caballo del señor Morland estaba tan agotado que apenas podía dar un paso.


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