La Abadía de Northanger

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Catherine oyó esto con sincera satisfacción. Al parecer, en ningún momento se había hablado de visitar el castillo de Blaize y, en cuanto a todo lo demás, no había nada que lamentar en absoluto. El relato de María terminó con una tierna expresión de lástima por su hermana Anne, a quien suponía terriblemente enojada al verse excluida de la excursión.

—Nunca me lo perdonará, estoy segura. Pero claro, ¿qué iba a hacer yo? John se empeñó en que fuera con él. A ella le dijo que no la quería llevar porque tenía los tobillos muy gruesos. Me supongo que este mes seguirá de mal humor; pero por mi parte yo estoy decidida a no enfadarme. No me enfado por pequeñeces.

En aquel momento Isabella irrumpió en la sala con paso tan decidido y una mirada tan rebosante de felicidad y de la importancia del momento que acaparó toda la atención de su amiga. María fue despedida sin ningún miramiento.

—Sí, querida Catherine, sí. Tu sagacidad no te ha engañado —comenzó Isabella abrazando a Catherine—. ¡Ay, esos maliciosos ojitos tuyos! No se les escapa nada.

Catherine respondió únicamente con una mirada de asombro e ignorancia.


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