La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Vamos, hija —repuso ella—, no me creas tan sandÃa como para andar siempre corriendo tras él. ResultarÃa espantoso estar siempre juntos; serÃamos el hazmerreÃr de la ciudad. ¿Asà que vas a Northanger? No sabes lo que me alegro. Según parece es uno de los lugares más maravillosos de la vieja Inglaterra. Espero que me mandes una descripción detallada de cómo es.
—Sin duda, recibirás la mejor que me permitan mis capacidades. Pero ¿a quién buscas? ¿Es que vienen tus hermanas?
—No busco a nadie. Hay que tener los ojos en alguna parte, ¿no? Y ya sabes lo que me cuesta dejarlos quietos cuando mis pensamientos se hallan a millas de distancia. Estoy increÃblemente ausente. Debo de ser la criatura más ausente del mundo. Tilney dice que a cierta clase de personas les ocurre siempre lo mismo.
—Pero, Isabella, ¿no tenÃas algo que contarme?
—Ah, sÃ, claro que sÃ. ¡Para que veas que es cierto lo que te decÃa! ¡Qué cabeza! ¡Se me habÃa olvidado del todo! Bien, el asunto es éste: acabo de recibir carta de John… Te puedes imaginar el contenido…
—Pues, la verdad, no.
—Querida mÃa, no seas tan abominablemente afectada. ¿De qué va a hablar sino de ti? Sabes que está perdidamente enamorado de ti.
—¿De m� ¡Vamos, Isabella!