La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¡Vaya! Siempre vigilados, directamente o por intermediarios.
—¡Bueno! ¡Qué tonterÃa! —respondió Isabella en el mismo tono susurrante—. ¿Por qué tratas de meterme esas cosas en la cabeza? No lo creo… ya sabes que soy de espÃritu independiente.
—Me gustarÃa que tu corazón fuese independiente. Con eso me conformaba.
—Conque mi corazón, ¿eh? ¿Y qué sabes tú de eso? Vosotros los hombres no tenéis corazón.
—Si no tenemos corazón, tenemos ojos; y nos atormentan bastante.
—¿Ah, s� Lo siento en el alma. Siento que encuentren en mà algo reprochable. Miraré hacia otro lado. Espero que con esto baste —dijo, dándole la espalda—, espero no atormentar a tus ojos ahora.
—Ahora todavÃa más, porque tengo aún a la vista el perfil de una hermosa mejilla, lo cual al mismo tiempo es mucho y demasiado poco.