La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Catherine, que estaba oyendo todo esto completamente desconcertada, no pudo escuchar un minuto más. Asombrada de que Isabella fuera capaz de soportarlo, y celosa por su hermano, se levantó y, diciendo que iba a ver a la señora Allen, les propuso dar un paseo. Isabella no mostró ningún interés en ello. Estaba increíblemente cansada y le resultaba odioso andar desfilando por el salón del balneario. Además, si se movía de allí no vería a sus hermanas, que estaban a punto de llegar; así que la encantadora Catherine la perdonaría y haría el favor de volver a sentarse. Pero también Catherine podía ser testaruda, y como la señora Allen se acercaba en aquel preciso instante para proponer que volvieran a casa, se marchó con ella del salón del balneario dejando a Isabella sentada con el capitán Tilney. Al alejarse de ellos sintió la más viva inquietud. Le parecía que el capitán Tilney se estaba enamorando de Isabella y que ella, inconscientemente, le daba pie. Debía de ser inconscientemente, porque el cariño que Isabella sentía por James era algo tan seguro y generalmente reconocido como su compromiso. Dudar de su sinceridad o de sus buenas intenciones era imposible, y, sin embargo, la actitud que había mostrado cuando conversaba con ella había sido extraña. Habría preferido que Isabella hubiera hablado como solía y no tanto acerca de dinero; y que no se hubiera alegrado tanto de ver al capitán Tilney. ¡Qué extraño que Isabella no se diera cuenta de la admiración que él sentía por ella! Catherine sentía un imperioso deseo de dárselo a entender, de ponerla en guardia e impedir las desventuras que su atolondrada conducta podría acarrearle a él y a su hermano James.