La Abadía de Northanger

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Se dejaron ver por las Lower Rooms, y allí la fortuna fue más propicia a nuestra heroína. El maestro de ceremonias le presentó a un joven muy caballeroso; se llamaba Tilney. Parecía rondar los veinticinco años, era bastante alto, tenía un semblante agradable, ojos muy inteligentes y vivaces, y, si no era bien parecido, le faltaba muy poco. Exhibía buenos modales, y Catherine se sintió sumamente afortunada. Hubo poca ocasión para conversar mientras bailaban, pero cuando se sentaron para tomar el té, le pareció un joven tan simpático como había creído en un principio. Hablaba con soltura y humor y mostraba una ironía y una amenidad en sus palabras que atraían a Catherine, aunque no las comprendía del todo. Después de charlar un rato sobre los temas que les sugerían espontáneamente los objetos que les rodeaban, el joven se dirigió de pronto a ella:

—Hasta el momento, señorita, he descuidado las atenciones que debe mostrar aquí un acompañante. Todavía no le he preguntado cuánto tiempo lleva en Bath, si había venido aquí antes, si ha estado en las Upper Rooms, en el teatro y en la sala de conciertos, y si le gusta el lugar en conjunto. He sido muy negligente, pero ahora tiene usted entera libertad para satisfacer mi curiosidad sobre estos detalles. Si está dispuesta, comenzaré sin más dilación.

—No es preciso que se tome la molestia, caballero.


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