La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —No es molestia, se lo aseguro, señorita —replicó, y entonces, con una sonrisa forzada y suavizando afectadamente la voz, preguntó con aire tÃmido—: ¿Lleva usted mucho en Bath, señorita?
—Una semana, caballero —repuso Catherine, tratando de no reÃrse.
—¿De veras? —dijo él con fingido asombro.
—¿Por qué se sorprende usted?
—¿Que por qué? —preguntó él en su tono natural—. Porque es preciso que parezca que su respuesta suscita alguna emoción; la sorpresa es la que se finge con más facilidad y no es menos razonable que cualquier otra. Ahora, prosigamos. ¿No habÃa estado aquà nunca?
—Nunca, caballero.
—¿Ah, no? ¿Y ha honrado usted con su visita las Upper Rooms?
—SÃ, estuve allà el lunes.
—¿Ha ido usted al teatro?
—SÃ, señor. Asistà a una función el martes.
—¿Y al concierto?
—SÃ, señor, el miércoles.
—Y ¿le gusta a usted Bath en conjunto?
—SÃ, me gusta mucho.