La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Pero ¿cómo es posible? —preguntó Catherine—. ¿No la acompaña usted?
—Northanger no es mi hogar más que a medias. Yo resido en mi propia casa, en Woodston; está a casi veinte millas de la de mi padre, y allÃ, necesariamente, paso buena parte del tiempo.
—¡Cómo lo lamentará!
—Siempre lamento alejarme de Eleanor.
—SÃ, pero, además del afecto que siente por ella, imagino que le encantará la abadÃa. Estando acostumbrado a vivir en un edificio asÃ, una simple casa parroquial le resultará muy poco agradable.
—Se ha formado usted una idea muy favorable de la abadÃa —repuso Henry sonriendo.
—¡Desde luego! ¿No es un precioso edificio como los que aparecen en los libros?
—¿Y está usted preparada para afrontar los horrores de un edificio «como los que aparecen en los libros»? ¿Tiene un espÃritu valeroso? ¿Soportarán sus nervios los paneles y los tapices que se mueven?
—¡Oh, sÃ! No creo que me asuste con facilidad; en la casa habrá mucha gente y, además, no ha estado deshabitada y abandonada durante años, y la familia no vuelve de pronto, sin previo aviso, como suele ocurrir.