La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —No, ciertamente. No tendremos que enfrentarnos con un salón tenuemente iluminado por los mortecinos rescoldos de un fuego, ni vernos obligados a acostarnos en el suelo en una habitación sin ventanas, puertas ni muebles. Pero debe usted tener en cuenta que cuando una joven accede, por los medios que sea, a una vivienda de esta clase, es siempre llevada lejos de los demás; mientras la familia se instala cómodamente en un extremo de la casa, ella es ceremoniosamente conducida por Dorothy, la anciana ama de llaves, hacia una escalera diferente y a lo largo de interminables y tenebrosos pasadizos hasta llegar a una habitación que no se ha vuelto a utilizar desde que algún primo o lejano pariente murió en ella unos veinte años antes. ¿Podrá usted soportar un recibimiento asÃ? ¿No le flaqueará el ánimo cuando se encuentre en esa oscura estancia de techos demasiado elevados y demasiado espaciosa para que usted pueda abarcarla en todas sus dimensiones con los débiles rayos de una sola lámpara, de paredes revestidas por tapices con figuras de tamaño natural y la cama cubierta por un tejido verde oscuro o un terciopelo morado que le confiere incluso un aspecto fúnebre? ¿No se le caerá el alma a los pies?
—¡Oh! Pero eso no va a ocurrir, estoy segura.