La Abadía de Northanger

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—¡Con qué pavor no inspeccionará usted los muebles de su alcoba! Y ¿qué encontrará? No habrá mesas, ni tocador, ni armarios, ni cajones, sino tal vez, en un rincón, los restos de un laúd roto, y en otro, un pesado arcón que no se puede abrir por ningún medio, y sobre la chimenea, el retrato de algún apuesto guerrero cuyas facciones le sorprenderán de modo incomprensible hasta el punto que no podrá apartar los ojos de él. Entretanto, Dorothy, no menos sorprendida por su apariencia, la estará observando con gran agitación y dejará caer algunas insinuaciones ininteligibles. Además, para levantarle el ánimo, le dará a usted razones para suponer que la parte de la abadía donde usted se aloja está encantada, y añadirá a continuación que no dispone de ningún criado al que recurrir. Con esta cordial despedida le hace una reverencia y se marcha; usted escucha el sonido de los pasos que se alejan mientras le llega el eco, y cuando, casi desvaneciéndose, intenta usted cerrar la puerta, descubre con creciente alarma que no tiene cerradura.

—¡Señor Tilney, qué espanto! Es como en los libros. Pero realmente no puede sucederme. Estoy segura de que su ama de llaves no es Dorothy. Bueno, y entonces, ¿qué ocurre?



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