La Abadía de Northanger

La Abadía de Northanger

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—Oh, no. No diga eso. Bueno, siga.

Mas Henry, demasiado divertido por el interés que había suscitado, no podía llevar más lejos la narración; ya no era capaz de adoptar el aire solemne ni en el tema ni en la voz, y se vio obligado a suplicar a Catherine que recurriese a su propia fantasía en lo referente a las cuitas de Mathilda. Catherine, avergonzada de su propia ansiedad, no insistió más y empezó a asegurarle muy seriamente que en realidad no sentía el menor temor de afrontar situaciones como las que describía. La señorita Tilney, estaba segura, nunca le destinaría una cámara como la que él había descrito. No tenía el menor miedo.

A medida que se acercaba el final de la jornada, volvió a sentir en toda su fuerza la impaciencia, que se había visto distraída por su conversación sobre temas tan diversos, por ver la abadía y, a cada vuelta del camino, esperaba con solemne sobrecogimiento vislumbrar sus muros macizos de piedra gris irguiéndose sobre una arboleda de añosos robles, con los últimos rayos de sol jugueteando y lanzando reflejos en sus altas ventanas ojivales. Pero el edificio se hallaba enclavado en un lugar tan bajo, que se encontró cruzando las grandes verjas del recinto de Northanger sin haber distinguido siquiera una chimenea antigua.


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