La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Ignoraba que tenía toda la razón del mundo para sorprenderse, pero había algo en aquella manera de entrar en la abadía que ciertamente no había esperado. Pasar entre las viviendas de los guardeses, de aspecto tan moderno, encontrarse tan fácilmente en el propio recinto de la abadía y ser conducida a tal velocidad por una carretera llana de fina gravilla sin ningún obstáculo, alarma ni solemnidad de ninguna clase, todo aquello le resultaba tan extraño como contradictorio. Sin embargo, no le quedó demasiado tiempo para hacerse tales consideraciones. Una repentina ráfaga de lluvia que le azotó el rostro le impidió por completo observar nada más, viéndose forzada a concentrar sus pensamientos en la integridad de su sombrero de paja nuevo. Se encontraba realmente en el recinto de la abadía; ayudada por Henry, saltaba del coche, se protegía al cobijo de un antiguo porche, había pasado incluso al recibidor, donde su amiga y el general la estaban esperando para darle la bienvenida, ¡y no sentía ningún horrible presentimiento de futuras desgracias! ¡No se paraba a imaginar las pasadas escenas de horror que habrían presenciado los muros del solemne edificio! La brisa no le había mostrado ninguna imagen fugaz de las víctimas, no había visto nada más que la persistente llovizna, y, tras sacudir enérgicamente la capa, se halló dispuesta a ser conducida al salón y en condiciones de considerar dónde estaba.