La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger ¡Una abadía! Sí, era maravilloso hallarse en una abadía; pero echando una mirada a la habitación, dudó de que los objetos que tenía a la vista le dieran una idea de ello. Los muebles estaban colocados con toda la profusión y elegancia del gusto moderno. Donde había esperado encontrar una antigua chimenea de grandes dimensiones y laborioso cincelado, veía una simple y moderna Rumford de sencillas, aunque bellas, piezas de mármol, adornada con objetos de la más hermosa porcelana inglesa. A las ventanas, cuya forma gótica, según había oído decir al general, se había conservado con reverencial cuidado, les dirigió una mirada de especial interés; sin embargo, eran menos de lo que su fantasía había imaginado. Desde luego, habían conservado el arco ojival, la forma era gótica, había incluso molduras, pero los paneles ¡eran tan grandes, tan luminosos, tan transparentes! Para una imaginación que esperaba recrearse en los mínimos detalles, en la más complicada obra de albañilería y en vidrieras con polvo y telarañas, la diferencia era desoladora.