La Abadía de Northanger

La Abadía de Northanger

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El general, advirtiendo la mirada de Catherine, empezó a hablar de lo reducido de la habitación y la sencillez de los muebles que estaban destinados al uso diario, aspiraban sólo a ser cómodos, etc. Suponía, sin embargo, que algunas estancias de la abadía merecerían su atención, pero cuando estaba empezando a describir los costosos dorados de una en particular, sacó el reloj del bolsillo, se detuvo en seco y exclamó, sorprendido, que eran más de las cinco menos veinte. Estas palabras parecían anunciar la separación, y Catherine se vio instada por la señorita Tilney a abandonar el salón de un modo que la convenció de que en Northanger se esperaba la más estricta puntualidad en las horas de convivencia.

Volvieron a pasar por el espacioso vestíbulo y ascendieron por la amplia y lustrosa escalera de roble, que tras numerosos tramos y descansillos les condujo a una larga y amplia galería. Ésta tenía a un lado una hilera de puertas y al otro estaba iluminada por una serie de ventanas a través de las cuales Catherine sólo tuvo tiempo de vislumbrar un patio cuadrangular, pues la señorita Tilney la conducía a toda prisa a su habitación, donde permaneció apenas un momento para decirle que esperaba que lo encontraría todo de su agrado, y se despidió pidiéndole que hiciera las menores alteraciones posibles en su indumentaria.


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