La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Su estremecida curiosidad crecía por momentos, y cogiendo con mano temblorosa el asa del cierre, decidió quedar satisfecha al menos en cuanto a su contenido. Con dificultad, pues algo parecía oponerse a sus esfuerzos, levantó el asa unas pocas pulgadas, pero, en ese momento, un repentino golpeteo en la puerta de la habitación la obligó a interrumpir asustada sus pesquisas y dejó caer la tapa con alarmante violencia. La inoportuna intrusa no era otra que la doncella de la señorita Tilney, enviada por su ama para ayudar a la señorita Morland. Aunque Catherine la despachó de inmediato, la interrupción le recordó lo que tenía que hacer, obligándola, pese a sus irreprimibles deseos de desentrañar aquel misterio, a seguir arreglándose sin más dilación. Pero no podía apresurarse, pues sus pensamientos y su mirada seguían concentrados en aquel objeto tan indicado para interesar e inquietar a cualquiera; y aunque no se atrevía a perder un momento intentando abrirlo por segunda vez, tampoco podía permanecer a muchos pasos de él. Sin embargo, al poco rato, cuando hubo deslizado ya sus brazos en el vestido y parecía que sus preparativos estaban casi concluidos, pudo entregarse sin miedo a satisfacer su impaciencia y su curiosidad. Sin duda podía dedicar un momento a ese asunto, y emplearía sus energías en él tan desesperadamente que, a no ser que hubiera sido cerrada por medios sobrenaturales, la tapa se abriría al momento. Imbuida de este espíritu, se acercó al arcón; su confianza no le había engañado. El resuelto esfuerzo hizo que la tapa se abriera ofreciendo a sus atónitos ojos un cubrecama de algodón blanco, perfectamente doblado, que reposaba solitario en un extremo del baúl.