La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Estaba todavía observándolo con el primer rubor de la sorpresa cuando la señorita Tilney, temiendo que su amiga no estuviese lista, entró en la habitación añadiendo a la creciente vergüenza de haber sustentado por unos momentos una absurda curiosidad, la de verse sorprendida en tan vana indagación.
—Es un baúl curioso, ¿no? —dijo la señorita Tilney mientras Catherine lo cerraba apresuradamente y se volvía hacia el espejo—. Nadie sabe cuántas generaciones lleva aquí. No sé cómo lo pusieron en esta habitación, pero no he dicho que lo cambien porque pensé que tal vez sirva alguna vez para guardar sombreros y gorros. Lo peor que tiene es que pesa tanto que cuesta abrirlo. Pero en ese rincón por lo menos está apartado y no molesta.
Catherine había perdido el habla, pues estaba bastante ocupada sonrojándose, sujetándose el vestido y tomando sabias resoluciones, todo al mismo tiempo y con la más impetuosa diligencia. La señorita Tilney insinuó levemente su temor de llegar tarde a la mesa, y medio minuto después bajaban las dos corriendo la escalera con un miedo no del todo infundado pues, al llegar al salón, encontraron al general Tilney paseando de un lado para otro con el reloj en la mano, y, nada más llegar ellas, tiró de la campanilla y gritó:
—¡Que sirvan la cena! ¡Ahora mismo!