La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Catherine se estremeció al oír el tono que imprimía a sus palabras y, pálida y sin aliento, se sentó con la mayor discreción, pensando inquieta en los pobres hijos de aquel caballero, y aborreciendo los arcones viejos. El general, que recobró su cortesía al mirar a Catherine, se pasó un buen rato regañando a su hija por hacer correr de modo tan absurdo a su simpática amiga, la cual había perdido el aliento con las prisas, cuando no había la menor razón para correr. Hasta que sirvieron la cena, y las complacientes sonrisas del general y su propio buen apetito le devolvieron la tranquilidad, Catherine no pudo sobreponerse a la doble desolación de haber hecho víctima a su amiga de una regañina y haberse comportado ella misma como una boba. El comedor era una estancia noble que, por sus dimensiones, resultaba un salón mucho mayor de lo habitual, y estaba decorado con una suntuosidad y una riqueza que la poco experta mirada de Catherine, que se conformaba con admirar el tamaño de la sala y el número de sirvientes, apenas sabía apreciar. Al expresar ella su admiración respecto a lo primero, el general reconoció con semblante muy afable que el comedor no era pequeño ni mucho menos, confesando a continuación que, aunque concedía tan poca importancia a esas cuestiones como la mayor parte de la gente, consideraba que un comedor espacioso era una de las cosas esenciales de la vida; aunque suponía, de todos modos, que ella «estaba acostumbrada a salones mucho más grandes en casa de los Allen».