La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger La mortecina luminosidad que emitía la vela le hizo volverse hacia ésta, asustada. Pero no había peligro de que la llama se extinguiese de pronto; todavía le quedaban horas de luz. Sin embargo, para evitar encontrarse con más dificultades para descifrar la caligrafía de las que la antigüedad del texto podía ocasionarle, se apresuró a despabilar la vela. Pero, ¡ay!, despabilarla y apagarse fue todo uno. El efecto de un candelabro al extinguirse no hubiera sido más terrible. Por unos momentos, Catherine quedó paralizada por el espanto. La vela se había apagado sin remedio y en la mecha no quedaba el menor rescoldo que permitiese concebir esperanzas de que volviese a encenderse. La oscuridad más impenetrable y silenciosa reinaba en la habitación. Para colmo, se levantó una violenta ráfaga de viento que, con repentina furia, acentuó aún más el horror del momento. Catherine temblaba de pies a cabeza. En la pausa que siguió, sus oídos escucharon aterrorizados el ruido de unas pisadas que se alejaban y un lejano portazo. Un ser humano no podía soportar más. Tenía la frente cubierta de sudor frío; el manuscrito cayó de sus manos, y, avanzando a tientas, se metió en la cama de un salto con la esperanza de mitigar un poco su zozobra arrebujándose lo más posible bajo las mantas. Aquella noche sería imposible pegar ojo. Con una curiosidad tan justamente excitada y sentimientos tan agitados, dormir sería imposible por completo. ¡Y para colmo, aquella tormenta tan horrorosa! Aunque a ella no solía asustarle el viento, ahora cada ráfaga se le antojaba cargada de horribles presagios. ¿Cómo explicarse el maravilloso hallazgo del manuscrito? ¿Cómo es que coincidía de manera tan sorprendente con las predicciones hechas por Henry aquella misma mañana? ¿Qué secretos contenía? ¿A quién podía pertenecer? ¿Por qué había permanecido oculto tanto tiempo? ¡Qué casualidad que le hubiese tocado a ella la suerte de descubrirlo! Sin embargo, hasta haber averiguado su contenido, no tendría un minuto de reposo ni de sosiego; lo leería tan pronto como amaneciese. Muchas eran, empero, las tediosas horas que faltaban todavía para ello. Sentía escalofríos, se revolvía en la cama y envidiaba a quienes disfrutan de un sueño apacible. La tormenta seguía bramando y se oían toda clase de ruidos que le parecían mucho más espantosos que el de aquel viento que, de vez en cuando, llegaba a sus sobresaltados oídos. En cierto momento las propias cortinas de su cama parecieron agitarse. En otra ocasión, el pomo de la puerta dio la impresión de moverse como si alguien intentara entrar. Por la galería parecía resonar un murmullo cavernoso, y en más de una ocasión, unos gemidos remotos le helaron la sangre en las venas. Las horas fueron pasando y Catherine, fatigada, oyó sonar las tres en todos los relojes de la casa sin que la tormenta se calmara o ella quedara, sin saberlo, profundamente dormida.