La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger El corazón de Catherine latía acelerado, pero su valentía no flaqueaba. Con las mejillas encendidas por la esperanza y una mirada llena de curiosidad, Catherine aproximó la mano al pomo de un cajón y tiró de él. Se hallaba completamente vacío. Menos asustada, aunque más impaciente, abrió el segundo, el tercero, luego el cuarto… todos estaban igualmente vacíos. No dejó uno solo sin inspeccionar, pero en ninguno había nada. Aun así, como había leído mucho sobre el arte de esconder tesoros, no se le escapaba la posibilidad de que hubiera un doble fondo en los cajones, y fue tanteándolos uno a uno con sumo cuidado y nerviosismo, pero sin éxito. Sólo quedaba por explorar la puertecilla central, y aunque «no había pensado ni por asomo hallar nada en rincón alguno del armario, ni se encontraba en lo más mínimo defraudada por la escasa fortuna de sus inspecciones, hubiera sido absurdo no examinarlo a conciencia, ya que estaba en ello». Sin embargo, tardó algún tiempo en abrir aquella puerta, ya que tropezó con la misma dificultad en su cerradura que en la exterior. Finalmente lo consiguió, y esta vez su búsqueda no resultó infructuosa como lo había sido hasta entonces; su rápida mirada se fijó en seguida en un rollo de papel que había en la parte más alejada del compartimiento, colocado allí con la probable intención de ocultarlo. Lo que sentía en aquellos momentos era indescriptible. El corazón le palpitaba con violencia, le temblaban las piernas y estaba pálida. Con mano trémula tomó el preciado manuscrito; apenas una mirada le había bastado para descubrir en él caracteres escritos, y, cavilando en medio de terribles emociones sobre el sorprendente modo en que se habían cumplido las predicciones de Henry, decidió leerlo línea por línea antes de retirarse a descansar, lo que parecía improbable.