La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Recorrió la habitación con la mirada. Las cortinas de las ventanas parecían agitarse. No podía ser otra cosa que el viento que penetraba violentamente por entre las separaciones de los postigos, así que avanzó con valentía tarareando despreocupada una melodía para asegurarse de que así era; asomó valerosamente la cabeza detrás de cada cortina y, no viendo nada que la asustara en ninguno de los dos repechos y poniendo una mano contra el postigo, quedó completamente convencida de que había sido la fuerza del viento. Una mirada al viejo arcón después de finalizado este reconocimiento le sirvió de recordatorio; despreció los infundados miedos de una fantasía ociosa y comenzó, con la más alegre indiferencia, a prepararse para meterse en la cama. Debía hacerlo con calma, sin prisas; no le importaría ser la última persona levantada de la casa. Pero no avivaría el fuego, eso sería un acto cobarde, sería como desear la protección de la luz para estar en la cama. Dejó, pues, que se extinguiera el fuego, y tras casi una hora de preparativos, cuando estaba empezando a pensar en meterse en la cama y dirigía una mirada de despedida al dormitorio, advirtió con sorpresa la presencia de un armario alto, anticuado y negro que, aunque se hallaba en una situación bastante visible, no había llamado su atención hasta entonces. Las palabras de Henry, su descripción del armario de ébano que al principio escaparía a su observación, cruzaron en seguida su mente, y aunque no podía contener nada importante, había algo de sorprendente en ello y resultaba ciertamente una coincidencia muy curiosa. Cogió la vela y miró el armario con detenimiento. Desde luego no era de ébano con adornos dorados, sino lacado, en negro y amarillo, y uno de los más bonitos que había visto; la luz de la vela que tenía en la mano le daba un aspecto de oro al color amarillo. La llave estaba en la puerta y Catherine experimentó unos extraños deseos de averiguar lo que había dentro de él; no tenía la menor esperanza de encontrar nada, pero todo aquello resultaba muy chocante después de lo que Henry había dicho. En suma, no podía dormirse sin haberlo examinado. Así pues, dejando con mucho cuidado la palmatoria sobre una silla, cogió la llave con mano trémula y trató de hacerla girar, pero el cerrojo se resistía al esfuerzo más violento. Alarmada, mas sin desanimarse, probó a mover la llave hacia el otro lado, saltó el candado y Catherine creyó que lo había conseguido, pero por extraño y misterioso que pudiera parecer, la puerta seguía sin abrirse. Asombrada y sin aliento, se detuvo un instante. El viento rugía por el tiro de la chimenea, la lluvia azotaba violentamente las ventanas, y todo parecía expresar el carácter terrible de la situación. Sin embargo, hubiera sido en vano retirarse a la cama sin satisfacer su curiosidad en este punto; sabiendo que había un armario tan misteriosamente cerrado en su inmediata proximidad, no habría conseguido pegar ojo. Volvió a concentrarse en la llave y, después de moverla en todas las direcciones posibles con la rapidez y decisión del último impulso de la esperanza, la puerta cedió por fin. El corazón le dio un vuelco de júbilo al saberse vencedora, y cuando hubo abierto del todo las dos hojas —la segunda se hallaba sólo sujeta por unos pestillos de construcción menos perfecta que el cerrojo—, apareció ante sus ojos una doble fila de gavetas con otros tantos cajones más grandes por encima y por debajo. En el centro había una puertecilla, cerrada también con llave, tras la cual se encontraría, con toda probabilidad, un importante escondite.