La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Con ojos ávidos leyó rápidamente la primera página; quedó sorprendida del contenido. ¿Era posible aquello o le estaban engañando los sentidos? ¡Todo lo que tenía ante sus ojos era un inventario de sábanas escrito en letra tosca y moderna! Si había que rendirse a la evidencia, lo que tenía en sus manos era una cuenta de la lavandería. Cogió otra hoja y vio otra lista, con ligeras variantes, de los mismos artículos; ni la tercera, ni la cuarta, ni la quinta presentaron ninguna novedad. Camisas, medias, corbatas y chalecos eran lo único que aparecía en todas ellas. Dos más, escritas por la misma mano, consignaban unos gastos apenas más interesantes: polvos capilares, cordones de zapatos y artículos de limpieza. La hoja más grande, que envolvía a las demás, parecía ser, a juzgar por su primera y apretada línea: «Poner emplasto a la yegua alazana», una nota del veterinario. Éstos eran los misteriosos papeles, dejados tal vez, ahora suponía, por un criado negligente donde ella los había encontrado, que le habían llenado de expectación y de temores robándole media noche de sueño. Se sentía profundamente humillada. ¿Por qué no había escarmentado con la aventura del arcón? Un extremo del mueble que entraba apenas en su campo visual parecía mirarla reprobadoramente. Nada era ahora más patente que lo absurdo de sus recientes imaginaciones. ¡Suponer que un manuscrito hubiese permanecido oculto durante varias generaciones en una habitación tan moderna y confortable! ¡O que ella fuera la primera en averiguar el modo de abrir un armario cuya llave estaba al alcance de todos!