La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger ¿Cómo podía haber estado tan errada? ¡Ojalá Henry Tilney jamás supiera de sus desatinos! Aunque, bien mirado, en gran medida había sido culpa de él, porque si aquel armario no hubiera coincidido exactamente con la descripción que él había hecho de sus posibles aventuras, nunca habría despertado en Catherine la menor curiosidad. Éste era el único consuelo que se le ocurría. Impaciente por librarse de aquellas odiosas pruebas de sus desvaríos (los detestables papeles que tenía esparcidos sobre la cama) se levantó sin más dilación y, plegándolos de la forma más parecida a como estaban, los dejó de nuevo en el mismo lugar del armario donde los había encontrado, confiando en que un azar desafortunado no volviera a sacarlos a la luz enemistándola aún más consigo misma.
Sin embargo, ¿por qué le había costado tanto abrir las cerraduras? Aquello sí que era algo sorprendente; ahora podía accionarlas con suma facilidad. Este hecho tenía sin duda algo de misterioso y, durante medio minuto, se entregó a alentadoras conjeturas, hasta que por su mente cruzó como una flecha la idea de que hubieran estado abiertas desde un principio y ella las hubiera cerrado. Esto la hizo de nuevo avergonzarse.