La Abadía de Northanger

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Salió cuanto antes de aquella habitación, donde su propia conducta la inducía a tan desagradables reflexiones, y se dirigió a toda velocidad a la mesa del desayuno, tal como le había indicado la señorita Tilney la noche anterior. Estaba solo Henry, quien al manifestarle su confianza en que la tormenta no la hubiera molestado, con una irónica referencia al carácter del edificio en que se hallaban, la hizo sentirse un poco desazonada. Por nada del mundo quería que se sospechase su debilidad, y, sin embargo, siendo incapaz de mentir abiertamente, se vio forzada a reconocer que el viento la había tenido un rato en vela.

—En fin, después de todo, hace una mañana estupenda —añadió, deseosa de zanjar el asunto— y las tormentas y las vigilias se olvidan en cuanto terminan. ¡Qué jacintos tan bonitos! ¿Sabe? Acabo de aprender a adorar los jacintos.

—¿Y cómo ha aprendido? ¿Por azar o por argumentación?

—Me ha enseñado su hermana, pero no sabría decirle cómo. La señora Allen se ha pasado un año tras otro tratando de hacer que me gustaran, pero era inútil hasta el otro día que los vi en casa de ustedes, en Milsom Street. Yo soy indiferente por naturaleza a las flores…


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