La Abadía de Northanger

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—Y ahora le encantan los jacintos. ¡Tanto mejor! Ha ganado una nueva posibilidad de disfrute, y conviene buscar la felicidad por todos los caminos posibles. Además, en las personas de su sexo, el gusto por las flores es siempre deseable como medio de tomar el aire y para que les sirva de tentación de hacer más ejercicio, algo que de otro modo no harían. Y aunque el amor a los jacintos puede resultar bastante doméstico, ¿quién sabe si una vez que se le ha despertado esta emoción no llegarán a gustarle con el tiempo las rosas?

—Yo no necesito ninguna actividad de esa clase para tomar el aire. El placer de pasear y respirar aire puro me basta, y, cuando hace bueno, paso al aire libre más de la mitad del tiempo. Mi madre dice que no paro en casa.

—De cualquier modo, me complace que haya aprendido a amar los jacintos. El mero hábito de aprender a amar es importante, y la disposición al aprendizaje en una joven es una gran virtud. ¿Tiene mi hermana un método de instrucción agradable?

Catherine se libró de la vergüenza de tener que contestar gracias a la llegada del general, cuyos sonrientes cumplidos anunciaban en él un excelente estado de ánimo, pero cuya ligera alusión a que ella hubiera tenido la amabilidad de levantarse tan pronto no contribuyó en nada a sosegarla.


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