La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Cuando estuvieron sentados a la mesa llamó la atención de Catherine la elegancia del servicio de desayuno que, por fortuna, habÃa sido escogido por el general. Éste se mostró muy satisfecho de que aprobara ella su buen gusto; le parecÃa un juego fino y sencillo, consideraba que convenÃa fomentar las manufacturas de su paÃs ya que, aunque tenÃa poco paladar, para su gusto, el té se aromatizaba tan bien en la porcelana de Stafford como en la de Dresde o la de Sèvres. Con todo, aquel servicio era bastante viejo, hacÃa dos años que lo tenÃa, y la manufactura habÃa mejorado mucho desde entonces; en su última visita a la ciudad habÃa visto porcelanas muy hermosas, y de no haber carecido por completo de esa clase de vanidades, se habrÃa atrevido a comprar otro juego nuevo. De todos modos, confiaba en que pronto surgirÃa alguna oportunidad de comprar otro, aunque no para él… Catherine fue la única, probablemente, que no entendió lo que querÃa decir.
Poco después del desayuno, Henry se fue a Woodston, donde requerÃan su presencia ciertos asuntos y donde habrÃa de permanecer dos o tres dÃas. Todos lo acompañaron al vestÃbulo hasta que subió a su caballo, y, nada más volver al comedor, Catherine se dirigió a una de las ventanas con la esperanza de divisar todavÃa su figura alejándose.
—¡Qué prueba tan dura para la entereza de tu hermano! —exclamó el general dirigiéndose a Eleanor—. Woodston le va a resultar hoy un lugar sombrÃo.