La Abadía de Northanger

La Abadía de Northanger

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Algo se había dicho la noche anterior respecto a enseñarle la casa a Catherine, y ahora el general se ofreció a hacer de guía. Aunque ella había esperado poder explorarla acompañada exclusivamente por Eleanor, la propuesta le producía tal satisfacción —llevaba dieciocho horas en la abadía y apenas había visto unas pocas habitaciones—, que la aceptó tan encantada como lo hubiera hecho en cualquier circunstancia. La caja de labores, recién abierta con suma parsimonia, fue cerrada con alegre prontitud y, al poco rato, la joven estaba lista para acompañarle. Cuando hubieran visitado la casa, prometió el general, tendría mucho gusto en mostrarle el jardín y la huerta. Catherine hizo una inclinación de cabeza para indicar su conformidad. Aunque tal vez, añadió el general, le resultara más agradable empezar por esto último, pues el buen tiempo reinante lo recomendaba, y en aquella época del año la incertidumbre de que continuara así era muy grande. ¿Qué preferiría? En ambos casos él estaba igualmente a su disposición. ¿Qué pensaba Eleanor que satisfaría mejor los deseos de su amiga? ¡Ah! Pero creía poder adivinarlo. Sí, ciertamente leía en los ojos de la señorita Morland el juicioso deseo de aprovechar aquel momento en que el tiempo les sonreía. Pero ¿es que aquella joven no se equivocaba nunca? La abadía estaría siempre seca, pero el jardín no.


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