La Abadía de Northanger

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Así que, sometiéndose implícitamente a la decisión de la joven, fue a coger su sombrero para volver al cabo de un momento. Al irse él de la habitación, Catherine, con gesto desilusionado y lleno de inquietud, expresó a la señorita Tilney sus deseos de evitar que el general saliera al jardín de mala gana y con la idea equivocada de agradarla. La señorita Tilney la interrumpió diciéndole un poco confundida:

—Creo que lo más prudente será aprovechar ahora, que hace tan buen día, y no inquietarse a cuenta de mi padre; siempre da un paseo a esta hora.

Catherine no sabía muy bien cómo interpretar esto. ¿Por qué aquella turbación de Eleanor? ¿Podía haber alguna reserva por parte del general a mostrarle a ella la abadía? La idea había sido suya. ¿No resultaba extraño que diese siempre un paseo tan temprano? Ni su padre ni el señor Allen lo hacían. Aquello era un verdadero fastidio. No cabía en sí de impaciencia por ver la casa, pero apenas tenía curiosidad alguna por ver los alrededores. ¡Ojalá Henry hubiera estado allí! Ahora no sabría qué cosas eran dignas de pintarse cuando las viera. Aunque sus pensamientos eran éstos, los guardó para sí y se puso la toca con paciente descontento.


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