La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Sin embargo, al contemplar la abadía por primera vez desde la pradera quedó mucho más impresionada ante su grandiosidad de lo que había esperado. El edificio se cerraba en torno a su gran patio, dos de cuyos lados, ricos en ornamentación gótica, se proyectaban hacia delante como en busca de admiración. El resto se hallaba semioculto por grupos de árboles venerables y exuberantes plantas, y las escarpadas colinas boscosas que la guarecían por detrás resultaban bellas incluso desnudas de hojas en aquel mes de marzo. Catherine no había presenciado en su vida nada comparable, y su sensación de gozo era tan intensa que, sin encomendarse a mejor autoridad, expresó abiertamente su admiración con toda suerte de alabanzas. El general escuchaba asintiendo agradecido y como si su propia opinión sobre Northanger hubiese estado sin forjar hasta aquellos momentos.
Lo siguiente que tocaba admirar era la huerta y, cruzando el parque, el general condujo a las dos jóvenes hacia allí.