La Abadía de Northanger

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La extensión de ésta era tal que Catherine no pudo escuchar sin desfallecer el número de acres, pues duplicaba con creces en tamaño a la del señor Allen unida a la de su padre, si se incluía el camposanto y la plantación de árboles frutales. Las espalderas eran innumerables, interminables, y entre ellas surgía una especie de población de invernaderos donde parecía trabajar todo un municipio. El general, que se sentía halagado por las miradas de sorpresa de la joven, la obligó a que expresara con palabras lo que sus ojos claramente decían: a saber, que nunca había visto una huerta que pudiera compararse con aquélla. Al oír esto, el general reconoció modestamente que, sin ambición personal al respecto, y aunque ello no le causaba la menor preocupación, estaba convencido de que no había otra huerta igual en toda Inglaterra, y que si él tenía una debilidad, era la horticultura. Pues, si bien no concedía demasiada importancia a las cuestiones del paladar, le entusiasmaba la buena fruta…, o, mejor dicho, no tanto a él como a sus amigos e hijos. No obstante, añadió, el mantenimiento de una huerta como aquélla causaba grandes sinsabores, pues ni siquiera los máximos cuidados podían asegurar su preciado fruto. Por ejemplo, la plantación de piñas había producido solamente un centenar el último año. Pero probablemente el señor Allen sufría los mismos desengaños que él…

—No, de ninguna manera —repuso Catherine—. Al señor Allen no le interesa la huerta, nunca va por allí.


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