La Abadía de Northanger

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Con una sonrisa triunfal y suficiente, el general manifestó que también él desearía poder hacer lo mismo, pues siempre que entraba en la suya sufría un disgusto por una u otra razón, debido a que no se cumplían sus previsiones.

—Por cierto, ¿qué sistema utiliza en los invernaderos graduables el señor Allen? —preguntó al entrar en los suyos y tras describir sus características.

—El señor Allen tiene sólo un pequeño invernadero donde su mujer guarda las plantas en invierno. De vez en cuando hacen allí un fueguecito.

—¡Hombre afortunado! —exclamó el general con divertido desdén en la mirada.

Después de llevarla por todos los recovecos posibles y pasearla por todas las espalderas hasta aburrirla del todo, el general no pudo evitar que las jóvenes acabaran por adelantarse alcanzando la puerta de salida. Entonces expresó su deseo de examinar el resultado de algunas innovaciones hechas en la casa de té proponiendo esta visita como una continuación no menos agradable de su paseo, siempre que la señorita Morland no estuviera cansada.

—Pero ¿adónde vas, Eleanor? ¿Por qué te metes por ese sendero frío y húmedo? La señorita Morland se va a manchar. Lo mejor es volver cruzando el parque.

—Me gusta tanto este camino —repuso Eleanor— que siempre me ha parecido el mejor y el más rápido. Pero sí, tal vez esté húmedo.


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